(Este relato está inspirado en una anécdota real)

I

Luis Augusto de Borbón, antaño duque de Berry, también conocido como Luis XVI, rey de Francia, se levantó aquel 14 de julio de la cama con la convicción de que sería un gran día, lo que en aquellos convulsos tiempos venía a significar nada más, pero tampoco nada menos, que un día tranquilo en el que poder disfrutar de sus actividades diarias en buena compañía. Aunque más que a una convicción real este pensamiento respondía a una voluntad y a un deseo personal del rey por hacer que así fuera. Los acontecimientos parisinos acaecidos en las últimas semanas le habían traído más de un quebradero de cabeza, pero no iba permitir que la autodenominada Asamblea Nacional y la chusma del Tercer Estado, con sus absurdas reivindicaciones, le estropearan el día. En realidad, lo que no sabía era que la noche que acababa de dejar atrás sería una de las últimas en las que gozaría de un sueño apacible de manera ininterrumpida hasta su muerte, apenas cuatro años después. Y tampoco tenía manera de saberlo, por lo que solo esperaba que la jornada transcurriera como otra cualquiera, sin grandes alteraciones, sobre todo teniendo en consideración los eventos recientes.  

Como se encontraban a martes, después de desayunar se dirigió a recibir a los embajadores, quienes, entre otros asuntos, le trasladaron su preocupación por la situación del reino. A la reciente inestabilidad política se le unía la pésima situación que la Hacienda llevaba tiempo arrastrando. Y, por si fuera poco, la decisión del rey de destituir al ministro de finanzas Jacques Necker, quien había sido obligado a abandonar Francia tan solo un par de días atrás, no había sentado bien entre la opinión pública. El panorama político no parecía favorable y el ambiente era lo suficientemente tenso como para tener a ciertos sectores preocupados por el futuro inmediato de la nación. Ante esto, la posición de una parte de los consejeros reales, favorables a realizar ciertas concesiones, era abordar de manera directa la raíz de los problemas. Luis XVI, sin embargo, solía tratar de ignorar esos mismos problemas hasta que ya era demasiado tarde o las circunstancias le forzaban a actuar. Aunque su posición le obligaba a afrontar tales asuntos, el rey tenía preferencia por otras cuestiones menos políticas, por lo que, tras resolver sus primeros compromisos en la mañana, el resto de la jornada podría dedicarlo a menesteres más placenteros. Su día a día estaba regido, en parte, por el protocolo, lo que, unido a que Luis era un hombre de rutina, tenía como consecuencia esperable que sus planes diarios no difirieran mucho entre una semana y otra, al menos en tiempos de paz.

II

El rey dedicó el resto de la mañana a pasear por los bellos jardines de Versalles con María Antonieta mientras la acompañaba al Pétit Trianon, el palacio particular que Luis XVI había concedido a la reina. Las caminatas matutinas por los jardines alivianaban al rey cuando su espíritu se encontraba apesadumbrado. Pero ese día, no sabía si por la bienvenida brisa en un día de verano o por las fragancias florales que esta transportaba consigo, era particularmente reparador. Aun con todo, y pese a sus mejores esfuerzos, los diecinueve kilómetros que separaban Versalles de París no eran suficientes para establecer una barrera impermeable entre esos dos mundos; el de Versalles, el del boato y la etiqueta, que tan poco gustaba a la misma reina, y el de la realidad que se vivía no solo en la capital sino a lo largo y ancho del reino. El rey no temía que este último mundo irrumpiera violentamente en el suyo propio, confiando, quizá en exceso, en que los privilegios y la estabilidad del orden estamental jamás serían alterados. Sin embargo, sí sabía que no era prudente descartar a la ligera las quejas y reivindicaciones que alzaban la voz contra ese mismo orden que él esperaba mantener. En este sentido, y a su pesar, pues no era algo que disfrutara, había asuntos que prefería abordar directamente con la reina.

– ¿Por qué tengo que hacer todas esas cosas? – preguntó María Antonieta.

– Porque eres la reina – Luis XVI se detuvo y se volvió hacia ella – y tenemos que demostrar que estamos a la altura de lo que se espera de nosotros. Además, en esta situación nos conviene acallar habladurías – Respondió, tratando de aparentar una confianza de la que muchas veces carecía.

La pareja real había sido blanco de críticas y burlas por parte del pueblo, especialmente María Antonieta, a quien se la culpaba del déficit económico de Francia y contra quien se lanzaban las más diversas acusaciones, a la par que se publicaban panfletos en su contra que habían ido extendiendo los rumores de manera imparable. Por supuesto, en estos casos la veracidad de dichas acusaciones no siempre eran una prioridad, y hasta el mismo rey había sido acusado de impotencia tiempo atrás por los años de tardanza en consumar su matrimonio.

– Querrás decir mentiras – respondió la reina – y precisamente porque soy la reina debería poder negarme.

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– Quizá respetar los usos de la corte pudiera ayudar a silenciar esos rumores.

– Eso no lo podemos saber – María Antonieta se detuvo un momento y fijó su mirada en la lejanía de los jardines. Como queriendo desviar el tema, calló unos instantes antes de volver a hablar – Por cierto, esta noche nos reuniremos con Madame de Polignac y otros invitados para cenar y jugar a las cartas.

– No me gusta ese juego – inquirió el rey, pasando por alto el cambio de rumbo en la conversación.

– Es solo por una noche – La reina pareció modificar imperceptiblemente su expresión a una en la que se dejó entrever un atisbo de hastío.

Luis XVI suspiró. No convenía presionar más de lo necesario a la reina, habida cuenta de los ataques de nervios que había sufrido en fechas recientes a raíz del clima cada vez más irrespirable en París, amén de situaciones personales como la muerte del delfín hacía tan solo poco más de un mes. Todos en la corte necesitaban alejarse de negros pensamientos, así que, una vez más, cedió a las peticiones de la reina. En su deambular a la pareja real se le unieron algunos cortesanos y damas de María Antonieta, y la conversación tomó unos derroteros más mundanos, o todo lo mundano que se podía ser perteneciendo a la cúspide de la capa más alta de la sociedad. 

III

Esa misma tarde, tras una copiosa comida a mediodía, Luis XVI se preparó para coger el carruaje que lo llevaría a su habitual partida de caza en el bosque de Saint-Germain. El traqueteo del viaje acompañó al rey en sus cavilaciones acerca del buen gobierno y del estado del reino. En cierto momento, se dirigió hacia uno de los acompañantes que se encontraba sentado a su frente.

– Antoine, ¿creéis que soy buen rey?

– Sin duda alguna – Se limitó a decir prestamente el cortesano.

– ¿Entonces por qué se quejan? – Quiso saber Luis, sin añadir nada más, sabiendo que su acompañante sabría a que se estaba refiriendo el rey.

– Porque no son conscientes de todo lo que hacéis por ellos, sir. Pero algún día lo serán.

Luis pareció conforme ante la respuesta, como si necesitara una validación externa de algo que ya sabía, incluso aunque viniera de alguien situado en una posición inferior a la suya, pues, al fin y al cabo, el rey era la cabeza del reino y el garante de sus leyes universales. Antes de que pudiera continuar sumiéndose en su interior y empezara a divagar, el cochero anunció el fin del trayecto tras haber llegado a Saint-Germain. Nada más bajar del carruaje el rey se detuvo a admirar el paisaje silvestre y respirar su aire, un aire que consideraba menos viciado que el de la civilización y la política, pese a que, irremediablemente, el rey perteneciera y fuera el vértice de aquel ámbito. De momento podía concentrarse en la tarea que tenía por delante. La cacería era una de las actividades favoritas del rey frente a otras como el billar, el cricket o los juegos de azar, que tanto éxito gozaban en la corte pese a las iniciativas para prohibirlos. Por el contrario, la caza era el deporte más adecuado para un monarca. Un simulacro de su poder y dominio del mundo natural, de su fuerza y de su legitimidad para ejercer el gobierno. O esto era lo que le gustaba creer a Luis. 

El rey era ayudado por otros animales y algunos cortesanos, pero la ilusión construida en torno asimismo se mantenía en pie. Incluso aunque ese día no cazara ninguna presa, no lo interpretó como una muestra de su falta de control real sobre la situación sino como una minúscula contrariedad sin demasiada importancia. El mismo hecho de ir de caza y tener algo en lo que centrarse y a lo que dirigir sus sentidos ya era suficiente. Luis estaba convencido de que, si continuaba con sus quehaceres diarios y su vida en la corte, los asuntos que lo atribulaban tanto a él, personalmente, como al reino, puesto que ambas cosas eran una y la misma, terminarían por escampar. Francia había pasado por situaciones peores y siempre lograba resurgir como la gran potencia por la que se tenía. Por eso los intentos fallidos de hacerse con una presa no le preocuparon y en su lugar se dedicó simplemente a disfrutar de la experiencia de la caza real que tanto le agradaba. Solo una vez que se mostró lo suficientemente satisfecho, y antes de que anocheciera, dio por concluida la partida y retornó a Versalles. 

IV

Como se sentía agotado, lo primero que hizo Luis nada más llegar al palacio fue dar la orden de que no le molestaran con las cuestiones del día. Ya tendría tiempo para eso la mañana siguiente. En su lugar, cenó con María Antonieta y algunos invitados, tal y como le había prometido, y no se retiró a sus aposentos hasta pasadas unas horas. Una vez allí se sentó frente al escritorio, y de un pequeño cajón sacó un diario donde anotaba los resultados que hubiera cosechado en la caza del día, así como cualquier acontecimiento relevante que mereciera la pena dejar por escrito. Mojó la pluma en el tintero y, antes de que sus pensamientos hicieran que se distrajera y la pluma se secara, escribió una única palabra sobre la página en blanco correspondiente al martes 14 de julio de 1789.

Nada.

Una palabra que hacía referencia no solo a su resultado en la partida de caza, sino a su deseo de hacer que se sustanciara y cobrara categoría de verdad, como si, efectivamente, en aquel día no sucediera nada. Nada en su vida personal ni en la de la corte. Nada en Versalles, ni en París, ni en Francia. Un dique contra la realidad que llamaba a su puerta y que, mucho antes de lo que esperaba, sería imposible de obviar. Cansado, el rey cerró el diario, se levantó y se dirigió a la cama a una hora más temprana de lo que solía ser habitual en él. Pero antes se paseó meditativamente por la habitación mientras apagaba las velas y cerraba las ventanas. Efectivamente, ese había sido un día tranquilo, concluyó. Nada de relevancia, o al menos que se saliera de los parámetros habituales, había tenido lugar. Era la primera jornada en mucho tiempo que podía despedir con la mente en relativa calma. 

Avanzada la noche, el rey se encontraba todavía en ese estado liminal y transitorio entre el sueño y la vigilia cuando notó como alguien lo llamaba y lo movía. Supuso que vendrían a molestarlo con cualquier nimiedad sin demasiada importancia, contraviniendo sus órdenes explícitas. De mala gana, Luis se volteó y vio delante de él al duque de la Rouchefocauld, quien dejaba traslucir una expresión preocupada.

– Lo único que pido es que tengas un buen motivo para despertarme a estas horas – sentenció el rey.

– Sir, sé que dijo que hoy no quería recibir a nadie, pero esta mañana ha ocurrido algo inesperado que no admite más demora – Sin dejar espacio a una contestación, y reuniendo el valor suficiente, continuó – Una muchedumbre ha asaltado la Bastilla. Han matado a De Launay, el gobernador, y clavado su cabeza en una pica que ahora pasean por las calles de París.

Luis, que no estaba de humor, como mostraba su rostro entre aburrido y molesto, pareció no dar la suficiente importancia a la desagradable noticia que traía el duque.

– ¿Es una revuelta? – preguntó Luis, esperando que la guardia pudiera sofocarla con relativa facilidad y castigar severamente a los culpables.

El duque, claramente incómodo, volvió a hablar tras unos breves instantes de pausa.

– No, sir, es una revolución.

Tras oír aquellas palabras algo se removió en el interior de Luis XVI, como si finalmente comprendiera la gravedad de la afirmación. Entonces le pareció que, por un momento, las direcciones que guiaban su sentido de la orientación dejaron de ser válidas. Esa fue la última noche en la que Luis XVI durmió tranquilo. Durante aquella jornada, y sin ser todavía del todo consciente, el mundo había sufrido una sacudida.


Autor/a: Monsieur Du Barry


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