Los prados de Melfi iban tornándose dorados e irradiaban un difuso halo que reflectaban los yelmos. El continuo repiqueteo de los cascos se hacía sentir contra la tierra, Umfredo había reunido a todo compatriota adulto, montado o a pie, capaz de blandir una espada y dispuesto a defender su causa. El conde, que había llegado hacía una década al sur de Italia, estaba acostumbrado a vivir a la sombra de las gestas de sus hermanos mayores.

Pasaba la cuarentena cuando recibió aclamado por los suyos el dominio de los condados de Apulia y Calabria. Los obtuvo de su difunto hermano Drogón, asesinado en su capilla por orden de los romanos de Oriente, que no cesaban de conspirar desde el sur de Apulia, aún en su poder.

El conde, dados los acontecimientos del pasado, se había vuelto una persona de genio irritable para su mediana estatura. Vestía una túnica añil decorada con cenefas doradas, lucía cabello castaño corto, nuca afeitada y barba recién recortada. El sudor recorría su frente e hizo una seña a su compañero Hugo para que le pasara un paño, había sido uno de sus fieles acompañantes desde que llegó de Normandía.

– Años marchando hacia lides y no consigo acostumbrarme a este calor señor —dijo el infanzón mientras el conde limpiaba su rostro.

– Me temo que al Sol no hay ejército ni campeón que le haga esconderse —bromeó Umfredo devolviendo el paño—. Los veranos en Altavilla solían ser más misericordiosos. 

– No le quepa la menor duda mi señor, mi nodriza siempre se quejaba de las lluvias veraniegas y los vientos de la tarde.

La gruesa línea de caballeros y jinetes, fuertemente pertrechados, iba flanqueada por desmontados que tiraban de los caballos y animales de carga. Llevaban varios días de marcha y se les había sumado un gran contingente de caballería liderada por Ricardo, el conde de Aversa, que unos años atrás solicitó la ayuda de los de Altavilla. 

Ricardo acompañaba junto con sus caballeros la cabeza de la comitiva, era 15 años más joven que Umfredo, pero había gobernado su condado en Campania desde la veintena. El apuesto conde era tan alto que hacía empequeñecer a su corcel. Llevaba suelta su dorada melena corta e iba ataviado con una fina túnica verdinegra encintada. 

– Estoy seguro de que el Papa y los rufianes que haya reunido por el camino temblarán al vernos llegar —afirmó el de Aversa acelerando el trote para acercarse—. Espero que entre en razón y se retire, se le conoce por ser un hombre calmo.

– Que no te engañe su fama, bajo sus vestiduras se esconde un zorro, no habría marchado hacia Benevento sin el beneplácito del emperador Enrique y sin confabularse con Argiro.  

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– Lo que hizo ese lombardo oportunista con vuestro hermano Drogón merece castigo —apuntó Ricardo—. Nos encontramos en una encrucijada de la que no sé si saldremos indemnes, quién sabe si el dux nos pisa los talones mientras marchamos al norte.

– Prudencia, parlamentaremos, no sería un enemigo cualquiera sino el Santo Padre y estoy seguro de que nuestros hombres, sobre todo los caballeros, no desean enfrentarse a él —replicó Umfredo—. Los animales están cansados y cae la noche, deberíamos acampar.

Umfredo ordenó a Hugo y a sus caballeros de confianza que avisaran al resto de los hombres y comenzaran a montar las tiendas. Los normandos dieron de beber a sus caballos en un cercano abrevadero lombardo al que accedieron con cierto recelo de los locales, pues años atrás habían sufrido razias y asaltos en los caminos.

Los seguidores de la hueste, esposas y niños en su mayoría, encendieron fuegos y sirvieron la escasa cena. En torno a las hogueras, los más adultos y experimentados, contaban aventuras de su juventud bajo la atenta mirada de niños y ambiciosos jóvenes. Era una noche apacible y los centinelas patrullaban alrededor del campamento junto a oteadores en caso de ataque inminente.

La tienda del conde de Apulia, ubicada en el centro, emitía una tenue luz proveniente de un candil. Umfredo se acomodó en un sitial, se descalzó y permaneció allí durante unos instantes hasta que percibió barullo fuera. Se estaba levantando de su asiento cuando apareció Hugo.

– ¡Mi señor, vuestro hermano Roberto ha arribado desde Calabria! —espetó el joven esperanzado.

– Haced que pase, que traigan comida y bebida —ordenó el conde.

Por la entrada del pabellón pasó un hombre fornido, de cabello oscuro rizado y con cota de malla. Portaba a su espalda un escudo de lágrima con el blasón de la Casa de Altavilla, de fondo azul y banda diagonal a cuadros granates y blancos. Roberto Guiscardo, el reconocido aventurero, había respondido la llamada a armas de su hermano mayor. Ambos avanzaron hasta fundirse en un abrazo, no habían coincidido desde hacía un año, ocasión en la que mostraron sus respetos a su difunto hermano y se ratificó el liderazgo de Umfredo.

– ¡Mi querido hermano, volvemos a encontrarnos! —vociferó el Guiscardo sonriente mientras se separaba—. Ojalá nos viéramos en circunstancias diferentes, hice todo lo que pude por llegar lo antes posible, me alegro de haberos alcanzado a tiempo.

– Vuestro camino tiene que haber sido arduo, sentaos.

– Al contrario, no encontramos lombardos ni señal alguna de las fuerzas de Argiro, debe de estar todavía haciendo levas —confirmó Roberto sentándose—. Reuní a todos los hombres que pude y puse guarniciones en los fuertes como me pedisteis en vuestra carta hermano.

Umfredo sonrió aliviado, sabía que confiar a Roberto el control de uno de los destacamentos había sido una buena idea dadas las habilidades marciales del Guiscardo. Pero al mismo tiempo pensaba que su presencia podía ser problemática en las negociaciones con el Papa, pues su hermano se había dedicado al pillaje pese a su fe ferviente. Sirvió un sorbo de vino en dos copas y brindó una de ellas a su hermano.

– De acuerdo, marchamos al alba, informa a tus hombres, no podemos aguardar más.

– Mis hombres están a tu disposición.

Ambos bebieron y estuvieron hablando durante unas horas, los de Altavilla, pese a ser hijos de distinta madre, habían estado muy unidos desde la infancia y ya habían luchado juntos en otras ocasiones. La rectitud y la educación que Tancredo había transmitido a sus hijos habían dado sus frutos, forjando un linaje con ansias de perdurar en el tiempo. Los disciplinados y ya unidos normandos bajo el liderazgo de la Casa de Altavilla marcharían a Civitate al día siguiente.

Tras otro día de marcha, con su respectivo descanso, el 17 de junio de 1053 divisaron el campamento papal frente a las murallas de la fortaleza de Civitate y el río Fortore. Había muchas más tiendas y pabellones de lo esperado, pero no se amedrentaron, al fin y al cabo deseaban resolver el conflicto diplomáticamente.

Y así hicieron, sin montar campamento Umfredo cabalgó con Hugo y varios caballeros a dialogar con el Papa. Mientras cruzaba la larga llanura que separaba ambas fuerzas, el conde pensó para sí lo que podía ofrecer y exigir a León IX. Debía transmitir la autoridad que no tuvo Drogón en vida y poner solución a tantos años de traición y pillaje llevados a cabo por sus compatriotas.

Atravesaron el campamento enemigo no sin antes fijarse en la gran cantidad de milicianos lombardos, que gritaban y clamaban, ociosos por entablar combate. Al ver la entrada de la fortaleza, un guardia les hizo una seña para que se detuvieran. Las puertas se abrieron y una decena de hombres se aproximaron a la audiencia, escoltaban al Papa.

León era un hombre prominente, hercúleo, de facciones pronunciadas y barba pelirroja. Iba escoltado por hombres de armas barbados, tan altos que al lado de cualquier normando parecían gigantes. Umfredo y Hugo desmontaron, haciendo un leve saludo que repitió la otra parte protocolariamente.

– Umfredo de Altavilla, conde de Apulia y Calabria —dijo Hugo solemnemente.

Se hizo el silencio unos segundos hasta que León dio un paso hacia delante, dejando atrás a su escolta.

– Bien hallados, ¿qué os trae tan al norte? —replicó León esbozando una sonrisa.

– Padre, venimos a establecer los términos de paz —respondió el conde—. Esta disputa debe cesar, por el bien los cristianos de Italia.

– ¿Los mismos cristianos que os habéis dedicado a esquilmar y asesinar las últimas cuatro décadas?

– Rogamos vuestro perdón Su Santidad, reconocemos el caos producido por nuestros iguales antaño y juramos obedecer fielmente sus mandatos de ahora en adelante.

El rollizo Papa no se inmutó ante la petición de Umfredo, sus escoltas comenzaron a murmurar en un idioma que a los normandos les resultó familiar, no eran simples guardias venidos a menos. 

– Os ofrecemos paz y salvoconducto a Apulia para tratar la cuestión del Benevento en las próximas semanas —continuó Umfredo—. Además de mi firme juramento de ajusticiar a cualquier normando, sea del origen que sea, si se cometiera crimen alguno contra cristianos. 

– ¡Sólo encontraréis la paz en una mortaja, impíos! —interrumpió envalentonado un capitán de la guardia mientras el resto rodeaba a León. 

Los de Apulia se sintieron insultados, inmóviles ante tal espectáculo, aquellos guardias querían entrar en combate, rodeando y presionando al Santo Padre para que declinara la oferta. Los guardias comenzaban a mofarse gestualmente de la escasa altura de los normandos, en su lengua, entre risas y murmullos. 

– Pensad detenidamente Su Santidad, son cristianos los que morirían en batalla, de uno y otro bando —dijo Umfredo convencido—. Respecto a la mortaja, intrépido desconocido, aún estoy pensando en el tinte, tendréis noticias de mi elección. Nos marchamos, un emisario llegará a la noche si cambiáis de parecer, descansad bien.

El conde y los suyos, montados a caballo, volvieron apenados con el resto de la hueste mientras oían las puertas cerrándose. En ese instante Hugo se dirigió a Umfredo.

– Mi señor, hicisteis lo debido, os seguiré sea cual sea el fin de la contienda —manifestó el infanzón—. No sé si alcanzasteis a oírlos, sus guardias son germanos.

– El káiser se ha desprendido de Italia y manda aquí a sus recaderos —dijo Umfredo llevándose una mano al cogote —. Siempre me habéis servido bien Hugo, os recompensaré debidamente cuando volvamos a casa.

De vuelta junto al grueso del ejército, las nuevas acongojaron a los caballeros. Muchos de esos caballeros y soldados aseguraban y defendían los caminos a los templos de Italia con profunda fe. No concebían combatir contra una iniciativa papal y la inmensa mayoría de ellos no había participado en asalto alguno en el pasado, por lo que se sentían consternados. 

Sin montar aún campamento, la noche se acercaba para los normandos y con ella se apagaban todas las esperanzas de paz, otro grupo de mensajeros volvía otra vez sin noticias. 

Se les estaba acabando la comida, lo poco que pudieron darles los lugareños de la zona era en su mayor parte trigo sin moler, teniendo la tropa que tostar los granos al fuego para llevarse algo a la boca. Umfredo era consciente de la situación, sin suministros no podría continuar campaña alguna y si se retiraba podrían caer en una emboscada por los griegos aún sin localizar. La respuesta era bastante clara, al alba marcharían contra itálicos, lombardos y germanos en Civitate.

Con la llegada de los primeros rayos de sol el ejército ya estaba listo para marchar; Umfredo lideraría el centro compuesto por arqueros e infantería, Ricardo de Aversa a la caballería en el ala derecha y su hermano Roberto un contingente mixto de infantes y caballeros que se quedaría en reserva en el ala izquierda. 

Aunque superaran a los normandos en relación de 2 a 1, el ejército papal mantuvo su posición frente a las murallas. A lo lejos se escuchaban los cánticos de sus ansiosos enemigos. El de Apulia arengó a sus hombres para avivar los ánimos.

– ¡Hombres! —se hizo el silencio—. ¡Nos llaman sacrílegos, salteadores y traidores! Pero yo nunca he conocido gentes más devotas y virtuosas que las de Normandía, honremos a nuestros antepasados, defensores de las causas justas que abrazaron la verdadera fe hace siglos. La diestra de Dios nos señala el camino, encomendaos a San Miguel como antaño y no temáis, ¡pues por cada normando que caiga prometo que perecerán cinco de nuestros enemigos!

Los normandos comenzaron a aclamar a su señor, daban golpes con lanzas y espadas a sus escudos de lágrima entre sonrisas que sus cascos cónicos dejaban ver. El conde hizo una seña con su maza a Ricardo, que en cuanto la vio comenzó a trotar junto a sus caballeros.

El conde de Aversa cabalgó por la llanura que separaba ambos contingentes, a su lado izquierdo sobrepasó una pequeña elevación en el terreno. Los caballeros batían la tierra a gran velocidad, ya conseguían ver al frente del flanco derecho a los desorganizados milicianos itálicos que el Papa allí había posicionado. Constituían un gran bloque heterogéneo de soldados con escudos redondos, alguno incluso con cota de malla y con las armas más diversas, desde mazas a espadas oxidadas. Pocos metros los separaban cuando los normandos cargaron lanza en ristre sobre el enemigo, que fue arrasado en sus primeras filas, provocando la persecución del resto, que entre gritos, huían despavoridos intentando salvar la vida arrojándose al río.

El resto del ejército papal comenzó a avanzar sobre la tierra de nadie, Umfredo ya no veía al grupo de Ricardo, por lo que decidió avanzar dejando a la reserva atrás. Tras una marcha de unos minutos alcanzaron el pequeño montículo en el centro del campo de batalla, donde se encontraban los germanos. Los arqueros de ambos bandos comenzaron a disparar proyectiles, cayendo los primeros hombres y recibiendo flechazos en sus escudos los que aún estaban en pie. 

Los fuertes enemigos extranjeros portaban cotas de malla, mandobles y grandes escudos redondos con umbos metálicos. Los germanos avanzaron sobre los normandos cargando cuesta abajo, repartiendo espadazos sobre los escudos y acabando con cualquiera que sacaran de la formación. 

El conde ordenó un ataque frontal liderado por él mismo y Hugo, intentando así desorganizar al enemigo. Los hombres cargaron y Umfredo iba asestando mazazos a diestro y siniestro, las flechas todavía caían al suelo y silbaban cerca. Avistó al capitán de la banda dando hábiles mandoblazos a sus hombres, el gigante de pelo largo no paraba de desquitarse con ellos como si estuviera poseso. Fue entonces cuando vio a Umfredo y corrió hacia él, asestando un golpe que rompió su escudo. El conde arrojó el escudo al suelo y blandió su maza firmemente, esquivando por poco un espadazo del capitán. El gigante le golpeó en la cara con el pomo de su espada tirándolo al suelo, iba a darle el golpe de gracia cuando Hugo se abalanzó golpeándole en la cara con su yelmo. Dio un espadazo al aire mientras se llevaba una mano al rostro, asestando un corte en la mano del infanzón, que cayó al suelo, momento que aprovechó Umfredo para recomponerse y derribarlo de un mazazo en la sien.

El centro papal aguantaba la posición férreamente, los normandos habían encontrado un digno contrincante. Al ver que su hermano no conseguía quebrar al enemigo, Roberto cargó con sus infantes y caballeros defendiendo el flanco izquierdo. 

El Guiscardo bordeó la retaguardia de sus compatriotas, muchos de ellos heridos o apartados del fragor de la batalla. Espoleó a su caballo y cargó junto a los caballeros por la retaguardia enemiga, mandando a los infantes cargar de frente. Rechazó un par de golpes con su escudo y comenzó a lanzar espadazos que cortaban a los germanos como papel. 

El combate se había descontrolado, había caballeros colgados de los estribos de sus caballos, miembros cercenados por el suelo, costillas rotas y cuerpos abiertos. Sin duda los germanos irónicamente se habían igualado en altura a los normandos con el transcurso de los acontecimientos. La batalla seguía su curso, muy igualada, hasta que se oyeron gritos que venían de la retaguardia enemiga, el gigantesco Ricardo había vuelto con sus caballeros de perseguir a los que se retiraban. El enemigo supo que todo estaba perdido y los germanos se lanzaron en una última carga hasta el último hombre, llegando con ella el fin de la batalla.

El Papa observaba desde las murallas la retirada y rendición de sus hombres, subestimó a su hábil enemigo y a la suerte característica de los normandos. Escuchó barullo viniendo del interior de las almenas, un gran grupo de lugareños de Civitate que habría evitado a la guardia lo estaba buscando. Cauteloso, se dirigió hacia ellos para hablar.

– Alto, no sigáis, decid lo que sea que tengáis que decir —dijo León nervioso.

– Su Santidad, entienda que no lo hacemos de mala fe, pero por el bien de la ciudad debemos llevarle ante los normandos.

Varios de los hombres del grupo agarraron de pies y manos a León ignorando sus gritos y lo pasearon por la ciudad entre alaridos y murmullos. En la plaza principal lo arrojaron al suelo delante de Umfredo y sus hombres. 

– Levantaos, quiero que me miréis y escuchéis lo siguiente —dijo el conde cansado mientras León se levantaba.

– Os escucho y ruego me perdonéis, fui un necio…

– Todo está perdonado Su Santidad —lo interrumpió— Hoy no celebramos, imploramos perdón y rezamos por aquellos que han caído y hemos hecho caer.

– Sois un hombre bondadoso —dijo el Papa entre sollozos.

Umfredo había tenido demasiado, ordenó a sus hombres dar sepultura a todos los caídos al pie de las murallas y prepararse para la marcha a Apulia. En privado, dialogó con el Papa los términos de su rendición, en los que se incluía su aprisionamiento. Tras nueve meses de largo viaje impostado por dominios normandos, León IX capituló y abandonó su reclamación sobre el Benevento. Con el perdón de la Iglesia, los normandos legitimaron sus derechos en Italia y construirían las bases del reino que gobernarían en unas décadas, el Reino de Sicilia.


Autor/a: Daniel M.M.


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