El fracaso nórdico.

El líder danés Hastein ya había tomado una decisión. Durante horas observó el horizonte en silencio, algo común en él y que hacía creer a sus hombres que estaba conversando con los dioses. Fuera de su fanatismo religioso era un hombre callado, pensativo. Por eso cuando se toparon con la gran resistencia decidieron pasar de largo y dejar la ciudad de Lisboa a su izquierda sin atacar, continuando su travesía.

El otro líder que acompañaba a Hastein era Bjorn Brazo de Hierro, ambos fueron fascinados por las historias de un viejo hombre en la base del Loira, quien les narró numerosos saqueos que realizó visitando esa tierra en la que ahora fracasaban. El viejo del Loira les entregó un viejo mapa que les sirviera de guía en la expedición.

La ciudad se difuminó en el horizonte y Hastein recordó los continuos fracasos que habían vivido. En Galicia el rey Ordoño había aprendido bien la lección de su padre Ramiro, quien hizo frente con éxito a los vikingos tiempo atrás. Esta vez fue el conde Pedro quien lideró las fuerzas cristianas encargadas de derrotarles.

Habían pasado unos días y Hastein continuaba en silencio y con la mirada perdida en el infinito. La tripulación conocía su carácter y sabían que el silencio solo ocultaba la auténtica rabia e impotencia de su líder. Fue Sven, el más joven de la tripulación quien se encargó de romper el eterno silencio.

– Mi señor… – le tembló la voz al joven.

El silencio se hizo en la embarcación, todos estaban pendientes de la reacción de su líder que se quedó callado mirando fijamente al chico.

– Hemos alcanzado la desembocadura del río…

Hastein se levantó, avanzó hasta la proa del drakar y avistó dos de sus embarcaciones cerca de la desembocadura del río. Aquel viejo del Loira les narró el gran botín que alcanzarían río arriba.

– ¡Preparad los remos! – Gritó el líder danés.

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– ¡Mi señor, allí! – Señaló el joven Sven.

La tripulación se quedó en silencio al ver el despliegue de una gran flota enemiga en la cercanía de la desembocadura. Fue Bjorn quien ordenó el avance. Las setenta embarcaciones comenzaron a avanzar preparándose para el conflicto.

– ¡Alto! – Ordenó Hastein.

Todo quedó en silencio. La hora tardía dejaba un resto de luz que poco a poco se apagaría con la total oscuridad de la noche. La flota en silencio advirtió el peligro que su líder ya había previsto y asombrados vieron como el enemigo escupía fuego a las dos embarcaciones que se habían acercado a la desembocadura.

El cielo se iluminó de luz, el silencio se quebró con el impacto del fuego en la madera de los dos drakar, que en cuestión de segundos se vieron sumidos en las llamas. A la lejanía, la expedición observó como el fuego devoraba a sus compañeros que sin éxito alguno se lanzaban al agua. La flota enemiga volvió a abrir fuego, esta vez hacia el resto de las embarcaciones que se encontraban a mayor distancia, pero estaban demasiado lejos. 

Hastein ordenó arriar velas.

Adoradores del fuego.

Habían logrado escapar gracias a la rápida actuación de Hastein y a las corrientes que empujaron a las embarcaciones a través del estrecho. Pasado el peligro sacó el mapa del viejo del Loira y observó que el territorio al que se enfrentaban ahora no había sido nunca saqueado. La expedición continuó su viaje a través de la costa que quedaba a su mano izquierda, esperarían el momento adecuado.

No pasó más de un día cuando la avanzadilla se detuvo e informó sobre una población que nos mostraba ningún elemento defensivo. Los remos de las sesenta y ocho embarcaciones se sumergían una y otra vez dando un avance rápido y en silencio hacia la pequeña población. 

El primer hombre en poner un pie en la tierra fue Hastein, que se mostraba ansioso de botín y sangre. Entró en la primera de las viviendas decidido a acabar con la vida de quien fuese. La angustia se le presentó al ver que la viviendas estaba vacías. Fue entonces cuando escuchó al unísono cientos de voces susurrando, se giró y advirtió que el sonido venía del edificio más grande. 

Los vikingos se movieron por la noche como una manada de lobos hambrienta. Durante un tiempo reinó el silencio en las afueras de aquella mezquita. Acabada la celebración los primeros fieles salieron del edificio.

El primero de los infelices no tuvo tiempo de alzar la mirada para prevenir el ataque de Hastein, que de nuevo avanzó el primero. El hacha impactó en el cráneo. Los demás quedaron inmóviles viendo como crujía el cráneo y su compañero de desplomaba.

– ¡Al-madjus! ¡Al-madjus! – Empezaron a gritar desde el interior.

Fue el propio Hastein quien acabó con la vida de los pocos que se quedaron fuera del edificio, el resto se refugió en su interior cerrando las puertas. Al primero le degolló directamente con la espada, al segundo le rajó a la altura del vientre. 

Hastein, manchado de sangre y con las victimas a sus pies comenzó a reír. El resto de la expedición no entendían bien porqué, pero también empezaron a reír. Hastein señaló al joven Sven que tenía de frente y le preguntó:

– ¿Sabes lo que están diciendo?

El joven negó con la cabeza y dejó de reír. Hastein se acercó con paso decidido hacia él, soltó las armas al suelo y le agarró la cabeza juntando frente con frente.

– Adoradores de las llamas – le susurró al joven.

Le soltó la cabeza al joven y se acercó a una de las víctimas que seguía agonizando.

– ¡Adoradores del fuego! Así me dijo el viejo del Loira que es como nos llaman los mismos que hace unos días prendieron nuestras naves. 

El resto del vikingos observaban a Hastein con la cara manchada de sangre y con un grito de rabia nunca visto. 

– ¿Sabéis que os digo? – Elevó el tono con la voz rasgada. 

El silencio de la noche era roto con los gritos de las gentes del interior. Ninguno de los vikingos respondió a su líder, simplemente esperaban que el propio Hastein diera una respuesta, y así fue:

– Démosles un motivo. ¡Quemad el edificio sagrado! 

Arrojaron las antorchas por todo el edificio. Algunas chocaron con los grandes muros, otras atravesaron las pequeñas ventanas. En poco tiempo el humo se apoderó del edificio. Las llamas devoraron la madera en cuestión de minutos, todos observaban fascinados el fuego. Los gritos del interior cesaron, y el crujido de la madera se convirtió en el protagonista de esa oscura noche.

La puerta se derrumbó hacia el interior y Bjorn observó la figura de un hombre que continuaba con vida en su interior, en ese momento la estructura del edificio cedió y le sepultó. 

Ya no se escuchaban gritos.

El invierno.

Con la llegada de la estación fría la expedición se estableció en un campamento en Camarga, al sur de Francia. Tras el exitoso saqueo de Algeciras la moral de la expedición creció con creces, aunque Hastein comprendió que no sería una hazaña por la cual ser recordado. Los siguientes meses continuaron con saqueos del mismo tipo a lo largo de la costa, en las islas de Mallorca y Menorca e incluso se aventuraron en la costa de al-Magrib, donde vieron por primera vez “hombres azules”.

Desde Camarga, Hastein se aventuró en una empresa mucho más complicada que consistía en remontar el río Ródano cerca de 160 kilómetros para acabar atacando las ciudades de Nîmes, Arles y Valence. En su regreso fue cuando Bjorn se sinceró:

– En los últimos días he estado preocupado por la situación de mi familia.

– Estos hermanos tuyos van a darte más de un disgusto. – Le dijo Hastein sonriendo.

– Creo que debo volver a casa. Estoy demasiado lejos.

– ¿Cómo? – Contestó Hastein borrando la sonrisa de inmediato.

– El viejo del Loira nos habló de enormes tesoros, de ciudades antiguas nunca saqueadas. ¿Qué nos estamos encontrando? Pequeñas ciudades o puertos totalmente indefensos sin grandes tesoros. 

– ¡Somos legendarios Bjorn Brazo de Hierro! ¡Nadie nos puede plantar cara! Nuestros nombres resonarán en el salón del Valhalla.

– Lo más legendario que has hecho querido amigo ha sido acabar con la vida de inocentes. Los hombres están cansados. Partimos en una semana.

Hastein se quedó en silencio viendo como la figura de Bjorn desaparecía de su vista. Volvió el Hastein pensativo. Aquellas palabras le habían llegado muy adentro. ¿Y si lo que estaba haciendo no era suficiente?

Sin rumbo.

Reducidas las fuerzas a la mitad, el líder danés decidió continuar la expedición por vía marítima, pues el campamento de Camarga comenzaba a verse en peligro por los francos. Observaba el mapa durante horas, señalaba con el dedo la ruta que habían realizado en los últimos años y lo lejos que habían llegado. Avanzaban sin rumbo siempre cerca de la costa.

En una noche de luna llena se le acercó a Hastein el joven Sven, quien le preguntó:

– Mi señor, ¿es verdad que somos legendarios?  

– Eso lo tendrán que decidir los dioses, ellos deciden sin nuestras hazañas son lo suficiente. – le dijo Hastein mirándole a los ojos.

– ¿Entonces cuando sabremos que tenemos que regresar a casa? – preguntó el joven.

– Pues…No lo sé… Quizá cuando encontremos el mayor botín de todos.

– ¿Y dónde está ese botín?

Hastein no respondió. Hasta entonces no habían obtenido grandes tesoros ni habían realizado grandes hazañas. Si encontraban un buen tesoro que saquear siempre se topaban con una gran resistencia, y tenían que valerse con pequeños puertos o ciudades. Fue entonces cuando miró el mapa, dibujó de nuevo con el dedo la ruta que habían llevado a cabo hasta entonces y se fijó en el nombre que destacaba en su rumbo, Roma.

Ciudad Eterna.

Hastein lo tenía claro, si aquella ciudad marcada en el mapa destacaba sobre las demás sería por algo. Ordenó a las primeras naves que avisaran cuando encontraran esta gran ciudad, pues si el mapa la representaba amurallada estaba debía presentar grandes murallas.

Unas semanas más tarde el joven le volvió a despertar de sus pensamientos para informarle que los exploradores la había encontrado. Todo fue rápido y frenético, mandó acercar las naves a la ciudad que se encontraba cerca del mar. Desembarcaron en la misma línea de la costa y marcharon hacia la ciudad.

El sonido de las campanas avisó de la llegada de los vikingos, que hizo que todos los habitantes se refugiaran dentro de sus muros. Hastein aún no había alcanzado a ver los grandes muro, pero cuando tuvo la ocasión se quedó maravillado y pensativo. Hasta entonces toda resistencia la habían evitado, pero en su cabeza se repetían las palabras de Bjorn: 

– “Lo más legendario que has hecho querido amigo ha sido acabar con la vida de inocentes”

Decidió entonces que esa sería su hazaña, por eso conocerían a Hastein, como el saqueador de la mayor ciudad de aquel gigante lago. Montaron un campamento cerca de la puerta principal de la ciudad y preparan un gran ariete y escaleras para sortear aquellos grandes muros.

Ninguna comitiva de la ciudad se presentó ante aquellos piratas escandinavos, que comenzaron el asedio.

El asedio de Roma.

Un cuerno de guerra anunció el inicio del asedio. Los vikingos avanzaron cubiertos bajo sus grandes escudos y moviendo las escaleras a distintos puntos de la muralla mientras el lento ariete avanzaba hacia las puertas de la ciudad.

La primera de las escaleras alcanzó el gran muro, que fue recibida con una lluvia de pesadas piedras. Todo aquel que intentaba ascender caía de inmediato herido por una flecha o recibía un gran golpe en la cabeza. La resistencia de la Ciudad Eterna era legendaria, los vikingos empezaron a dudar si retirarse, pues era la primera vez que intentaban tomar una fortaleza de esas dimensiones. Es en ese momento cuando apareció Hastein hacha en mano ascendiendo por una de las escaleras, la moral creció y todos cargaron de nuevo. El ariete alcanzó la puerta y empezó a actuar.

La puerta no se había rasguñado cuando Hastein resbaló de la escalera y cayó de una gran altura. Su cuerpo crujió al chocar con el cadáver de uno de sus hombres. 

– Odín…. – dijo por última vez antes de alcanzar la oscuridad.

Inmortal 

Despertó en el campamento que habían montado a la entrada de la ciudad. Le dolía todo el cuerpo y le costaba respirar. Entraron a la tienda sus hombres más cercanos y le informaron de la situación. La ciudad llevaba sitiada durante varias semanas, pero no habían obtenido nada. Tras su caída por la escalera la mayoría del ejército se retiró al campamento esperando una ofensiva que nunca llegó.

Hastein se intentó levantar, pero cayó al suelo. Fue el joven Sven quien le ayudó a levantarse y a quien utilizó como muleta. 

– Quiero que enviéis un emisario a la ciudad. Necesito hablar con el obispo.

Todos se quedaron extrañados por las palabras de Hastein. Ninguno reaccionó, todos pensaron que había perdido el juicio tras la caída.

– ¿Entendéis mis órdenes? ¿O queréis ver todo arder?

Sven accedió y se quedó a solas con Hastein. Finalmente partió a la ciudad y en cuestión de horas regresó con la comitiva del obispo. El joven regresó a Hastein para informarle y le dijo:

– Mi señor, traen un intérprete que habla nuestra lengua.

El obispo y la pequeña comitiva accedieron a la tienda de Hastein, que se mostró herido, postrado en la cama y con los ojos medio cerrados.

– Habéis sido derrotados, debéis abandonar estas tierras de inmediato. – Tradujo el intérprete de las palabras del obispo.

Hastein abrió los ojos, miró al obispo y se levantó, esta vez lo hizo sin ayuda del muchacho. La comitiva echó un paso para atrás, pero al ver que iba desarmado volvieron a la posición inicial. El vikingo herido se arrodilló al obispo y le dijo:

– Dile al obispo que he encontrado la verdadera fe. Que ya la había descubierto en Frankia tiempo atrás y que al fin se me ha rebelado la auténtica fe. 

El obispo escuchó atentamente las palabras del intérprete. Miró de nuevo a Hastein y le acercó el anillo de su mano para que lo besara.

– Quiero ser bautizado. – Dijo Hastein mirando al intérprete y besando el anillo.

Agua bendita.

La celebración del bautizo se hizo bajo la presencia de una gran comitiva de la ciudad. Fue el mismo obispo que había acudido a la tienda quien realizó el ritual cristiano bajo la atenta mirada cientos de vikingos. El acto finalizó y Hastein prometió abandonar el lugar en los próximos días.

La tensión en el campamento se podía notar en el ambiente. Todos querían acabar con la vida de su propio líder por haber fracasado en el asedio y haber traicionado a los dioses. Un valiente fue el primero que habló:

– Deberías quedarte aquí con tu Dios cristiano.

– ¡Eso! Te abandonaremos por traidor – dijo otro más al fondo.

Hastein cogió un hacha con su mano derecha, pues la izquierda se apoyaba en el muchacho. Se fijó de dónde venía la última de las voces y con un rápido movimiento lanzó el hacha que se incrustó en el cráneo de aquel hombre que cayó a plomo. Se hizo el silencio.

– ¿Alguien más desea declararme traidor? – Acto seguido cayó desplomado al suelo.

El fin.

Sven salió de la tienda con lágrimas en los ojos. Los hombres se quedaron observando al muchacho hasta que este dijo:

– Hastein ha muerto. No ha soportado el dolor y ahora se encuentra reunido con los dioses en el Valhalla.

– ¡Y una mierda! Eligió en la última hora al Dios cristiano.

El muchacho no dijo nada más. Espero un tiempo y retomó la palabra:

– La última voluntad de Hastein es la de ser enterrado en suelo sagrado.

Los hombres empezaron a reír y a dudar sobre si realizar esta última petición de su líder. Fue el mismo joven el que habló:

– ¿Vais a dudar ahora? ¿Después de haber alcanzado tierras nunca vistas por nuestro pueblo? Y todo ello gracias a él.

La comitiva del obispo regresó tras el aviso de la muerte y último deseo de Hastein. La comitiva se topó con el cuerpo ya introducido en un féretro y con su traslado preparado. Las puertas de la ciudad se abrieron para recibir a los vikingos derrotados con su líder muerto.

La misa se inició en la gran iglesia de la ciudad. Fue el mismo obispo el que pronunció las palabras de esta ceremonia. Aquella magnífica ciudad, legendaria, eterna, no se vería sumida en el saqueo con el líder danés muerto. 

Las palabras del obispo fueron traducidas por el intérprete para que el pequeño grupo de paganos entendieran sus palabras. Fue entonces cuando sorprendió un fuerte golpe que procedía del ataúd.

El silencio se hizo en toda la Iglesia, el obispo se acercó a la caja de madera. En ese preciso momento un golpe más fuerte empujó la tapa hacia un lateral, del interior apareció la figura de Hastein con el hacha en mano que se lanzó sobre el obispo.

– Intérprete, si alguien se mueve acabo con su vida. – acercando el filo del hacha al cuello del obispo. 

El resto de los vikingos se armaron.

– ¡Odín me ha guiado! ¡Espero contentar a los dioses con un gran saqueo! – dijo Hastein

– Roma ha caído a tus pies – le respondió el joven Sven a Hastein.

Todo el mundo se quedó en silencio con la intervención inesperada del intérprete.

– ¿Roma? ¿En serio os creéis que esto es Roma?

– ¿Qué me quieres decir? – tembló la voz iracunda de Hastein.

– Os habéis equivocado. Esto es la ciudad de Luni. Roma está demasiado lejos de aquí.

Tras esta declaración Hastein degolló al obispo y desató la ira que tanto tiempo había dormido en aquel danés. No quedó nadie con vida, adultos, niños y ancianos fueron asesinados y la ciudad se añadió a la lista de muerte y cenizas que los vikingos dejaban en esta incursión.


Autor/a: Ragnar Calzas Peludas


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