Aquella tarde del 16 de noviembre de 1581 Iván se encontraba disputando una partida de ajedrez ante uno de sus hombres de confianza, Boris Godunov. Jugar al ajedrez era la excusa que había buscado Godunov para poner al corriente al zar de como se estaba desarrollando la Guerra de Livonia en la que Rusia llevaba involucrada desde hacía más de dos décadas. Las noticias no eran nada buenas y Godunov prefería tener tranquilo al zar, por eso le había invitado a disputar una partida tal y como solían hacer al menos una vez por semana. Jugar al ajedrez era uno de los pasatiempos favoritos de Iván IV Vasilievich y la única actividad que calmaba sus impulsos desde la  inesperada muerte de su esposa Anastasia Románovna en 1560. Jugando al ajedrez, el zar olvidaba su sed de venganza contra los boyardos, a quiénes acusaba de haber acabado con la vida de su amada. Jugando al ajedrez no sufría ataques de cólera ni sufría sus constantes cambios de humor que le llevaban de la depresión más absoluta a una desmedida alegría en cuestión de segundos. 

—Majestad —dijo Boris con la voz entrecortada— tenemos que hablar sobre como van las cosas con Livonia. Me temo que no traigo las mejores noticias. 

Sin inmutarse, Iván movió su alfil y miró a los ojos a Boris. 

—Te toca mover —dijo con voz firme el zar. 

Extrañado, Boris fijó su mirada en el tablero y comenzó a pensar en la próxima jugada que iba a realizar cuando, repentinamente, el zar dio un golpe sobre la mesa y se puso de pie. 

—¿Acaso no me vas a decir que está ocurriendo con esa maldita guerra? ¿Piensas que soy tan estúpido como esos boyardos y que jugando al ajedrez me vas a suavizar las noticias? No te equivoques, Godunov. Yo no soy como uno de esos engreídos boyardos. Dime lo que tengas que decirme antes de hacerme enfurecer más —ordenó Iván. 

Boris Godunov tragó saliva. Sabía que había hecho enfurecer al zar y eso no podía traer nada bueno. Es cierto que él apenas era un simple mensajero, pero Iván había ordenado matar a otros por mucho menos. En ese momento recordó que siendo un niño de apenas trece años el zar había ordenado que el príncipe Andréi Shuiski fuera arrojado a los perros para que lo despedazaran y se lo comieran. Ese pensamiento le hizo volver a tragar saliva. Volvió a decirse a si mismo que no tenía culpa y que el zar no le haría nada. Entonces en su cabeza resono el apodo que las clases populares habían puesto al zar: Iván IV ‘el terrible’. Nuevamente tragó saliva. Estaba realmente incómodo. 

—Habla, Boris. Cuéntame como van las cosas. Me tienes en ascuas —enunció tranquilamente Iván. 

Los cambios de humor del zar eran algo que estaban a la orden del día. En apenas unos segundos podía pasar de la tranquilidad más absoluta a un estado depresivo o montar en cólera. Era muy impredecible. 

—Las cosas no van bien. El rey Estebán I Báthory está cercando la ciudad de Pskov. Sus tropas están con la moral alta tras haber reconquistado Pólotsk y nuestras fuerzas están cada vez más mermadas. —Explicaba Boris mientras miraba fijamente a Iván. 

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—Ese Estebán me está trayendo de cabeza. Tal vez sea un buen momento para atacarle en Polonia o incluso en Transilvania. No creo que espere ese movimiento y es muy probable que retire sus tropas de Pskov. Y tal vez así podamos acabar con esta maldita guerra  —analizó el Zar. 

—Ahora me temo que no podemos hacer nada de eso —apuntó Boris. —La ofensiva que está lanzando Boris no es la única noticia. De la Gardie ha conseguido tomar el castillo de Ivangorod. 

Pontus de la Gardie era el general que estaba al frente del ejército sueco en aquel momento. Realmente había sido un mercenario francés que en ese momento estaba al servicio de Suecia como antes lo había estado de Dinamarca. En la Guerra de Livonia había aprovechado los movimientos de Estebán I Báthory en el sur para atacar a Rusia desde el Norte. Apenas un par de meses antes, en septiembre de 1581, había sido capaz de tomar la ciudad de Narva, donde acabó con la vida de más de cuatro mil personas entre civiles y soldados rusos. 

—¡Maldito De la Gardie! —exclamó visiblemente sobresaltado el zar. —¡Este francés me las va a pagar! —gritó mientras lanzaba golpes contra la mesa. 

Mientras Iván gritaba insultos que podían escucharse por todo el palacio, Boris no sabía donde meterse y apenas alcanzaba a rezar para si mismo pidiendo clemencia. Durante unos minutos el zar estuvo lanzando papeles y objetos por toda la habitación mientras daba puñetazos a las paredes y profería insultos y amenazas contra sus enemigos. 

De repente todo quedó en silencio. Iván, apoyado sobre la repisa de la ventana, miraba fuera del palacio con los ojos aún inyectados en sangre. Estaba sudando y jadeando. Junto a él se encontraba su bastón con punta de hierro que siempre llevaba consigo. 

En ese momento irrumpió en la habitación Iván Ivanovich, el hijo predilecto del zar. El joven estaba llamado a ocupar el trono de Rusia cuando su padre falleciera y por eso el monarca lo había tratado con más cariño que a sus otros hijos. Había cuidado mucho más su educación y le había preparado para ser zar. 

Al entrar en la sala, Iván Ivanovich parecía muy enfadado hasta el punto que todo el revuelo que acababa de formar su padre había pasado inadvertido para el joven. 

—¡He perdido a mi hijo! —gritó el zarévich con los ojos llenos de lágrimas. —¡Padre, usted ha matado a mi hijo!¡Le despreció!.

Iván IV se quedó mirando a su hijo con rostro serio y sin decir nada mientras las lágrimas caían por el rostro del joven. 

—Usted se enfadó con mi esposa y le pegó, y ahora ha sufrido un aborto. He perdido a mi hijo. —explicaba el compungido zarévich. —¡Eres despreciable! 

Boris Godunov, quién hasta ese momento había permanecido impasivo ante la escena, se acercó al joven para intentar sacarlo de la habitación. Bien sabía Boris que el mejor momento para hacer reproches al zar no era ese. Demasiadas malas noticas en un corto espacio de tiempo ¡el zar podría explotar y tener otro ataque de cólera!

Sin embargo, Iván IV se mantenía en silencio mientras escuchaba los reproches que le hacía su hijo. La mirada perdida le daba un aspecto de ausente, como de estar en otra parte del mundo en lugar de estar en aquella habitación del palacio. Las palabras de su hijo parecían no tener efecto sobre el zar y eso provocaba una mayor cólera de Iván Ivanovich, quién cada vez gritaba más y más:

—¡No tenía derecho a golpear a mi esposa! —gritaba el zarévich. —¿Acaso es tan cobarde que no va a decir nada? ¿No tiene agallas suficientes como para mirarme a los ojos y explicarme racionalmente porqué lo hizo? ¿No va a decir nada? Intenta hacerse el duro pero luego no da la cara por sus actos. Es usted una rata. 

A pesar de las continuas palabras de Iván Ivanovich, el soberano se mantenía impertérrito y ni siquiera movía un músculo. De no haber sido por el lento movimiento de su pecho al inhalar y exhalar aire, Boris Godunov hubiera pensado que el zar había sufrido un ataque al corazón y había muerto. 

—¡No diga nada, padre! Me parece genial. Es usted una desgracia para Rusia. —gritó Ivan Ivanovich. 

Fue en ese momento cuando el zar pareció volver en sí y con voz tranquila señaló: 

—Acepto el reproche porqué soy consciente del dolor que te causa la pérdida de tu hijo, pero no voy a tolerar que me insultes. Tú esposa incumplió las leyes y tuve que darle una reprimenda. ¡Qué de gracias que no la mandé empalar!

—¡Leyes! —exclamó un indignado zarévich. —¿Qué clase de ley es la de obligar a llevar tres vestidos a las mujeres?¿En qué demonios puede eso ayudar a gobernar Rusia?

—¡ES MI VOLUNTAD! —gritó el zar. —¡Y tú esposa debe cumplir con mi voluntad!

—¿Su voluntad? No es más que un capricho de un cínico. No duda en hablar de Dios y de imponer leyes absurdas porqué hay que tener contento a Dios pero luego es usted el primero que se salta las leyes cuando le viene en gana. Como siempre. —expuso el zarévich. 

—Bueno, creo que ya está bien —acertó a decir Boris. —Tal vez sea el momento de parar antes que se digan cosas que no se quieren decir. 

—¡Cállate Boris! —gritaron al unísono el zar y el zarévich. 

Padre e hijo se miraban fijamente a los ojos. Ambos los tenían inyectados en sangre. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Al cabo de unos segundos que parecieron minutos para Boris, el zar habló: 

—No voy a pedir disculpas por hacer cumplir la ley a tu esposa así que lo mejor será que te vayas de aquí inmediatamente.

—¿Qué me vaya? —dijo sorprendido Iván Ivanovich. —Usted es el responsable del aborto que ha sufrido mi esposa. Usted es el culpable de la muerte de mi hijo y lo único que hace es pedirme que me vaya de aquí. 

—No te lo pido. Es una orden —sentenció Iván IV. 

Contrariado, Iván Ivanovich miró durante unos segundos a su padre antes de dirigirse hacía la puerta de la habitación. Esperaba al menos una disculpa por parte del zar y lo único que había logrado era enfurecerse más. Antes de llegar a la salida se giró y dijo: 

—Me echa porqué es incapaz de pedirme disculpas. Es tan hipócrita que no es capaz de reconocer sus propios errores. Siempre lo haces así. Por eso el pueblo ya no le quiere sino que le tiene miedo. 

—¡Cállate! —gritó el zar. 

—¿Qué me calle? —replicó el zarévich. —Puedo callarme si esa es su orden, pero con eso no va evitar que la gente le tenga pavor. Ya no es el héroe que quiere unificar Rusia. Ya no es el gran zar que ha conquistado tierras lejanas. No. Ahora es simplemente un despóta, un tirano que manda a los rusos a guerras absurdas, como esa de Livonia. 

—¡Cállate! —volvió a gritar Iván IV.

Iván Ivanovich lanzó una media sonrisa y se giró hacía la puerta. 

—Me callaré. Como callados están los soldados que han muerto en su estúpida guerra. Y eso por no hablar de las personas que han perdido la vida por su cabezonería. Me callaré como el pueblo que le odia —expuso el hijo del zar. 

—¡Mi pueblo no me odia! —exclamó el soberano visiblemente fuera de si. —Mi pueblo daría la vida por mi. ¡Soy el salvador de Rusia!

—¡Ja! —exclamó Iván Ivanovich —Su pueblo arde en deseos de verlo empalado en la puerta del palacio tal y como usted ha hecho con muchos. 

Fue en ese momento cuando el zar se levantó encolerizado y agarró su bastón con punta de hierro y se dirigió hacía donde estaba su hijo. 

—¡LÁRGATE DE AQUÍ! —voceó el zar. —¡En maldita hora te elegí para que me sucedas en el trono!

—¡No quiero su trono!. De hecho ni tan siquiera quiero seguir siendo parte de su familia —bramó el zarévich. —¡No quiero ser el hijo del hombre más odiado por los rusos!

Las palabras del zarévich fueron punzones que se clavaron en lo más fondo del alma de Iván IV. Su rostro mostró una breve expresión de sorpresa antes de que el ceño se le frunciera y su cara ofreciera un aspecto mucho más encolerizado de lo que estaba habitualmente. 

—¡MÁLDITO! —chilló Iván IV mientras levantaba su báculo contra su hijo. 

Boris, que había presenciado toda la escena en silencio, se levantó al ver que el zar iba a golpear a su hijo con el bastón y empujó al zarévich a costa de recibir un bastonazo de Iván IV en sus costillas. 

—¡DÉJAME ESTÚPIDO! —gritó el zar a Godunov. 

En todos los años que llevaba al servicio de Iván IV, Boris Godunov había visto al soberano montar en cólera en un sinfín de ocasiones pero nunca como en aquel momento. El zar parecía otra persona, tanto por la agilidad en sus movimientos como por el odio que reflejaban sus ojos. 

Mientras tanto, Iván IV volvió a levantar el bastón contra su hijo. Con Boris tendido en el suelo quejándose de las costillas y el zarévich de espaldas, el zar no tuvo ningún impedimento para destrozar el cráneo de Iván Ivanovich con un certero golpe. Con los ojos teñidos de sangre volvió a levantar el báculo y nuevamente golpeó al zarévich. La acción la repetió hasta en cinco ocasiones. Iván Ivanovich estaba herido de muerte.

Subitamente, Iván IV dejó de golpear a su hijo y miró por la ventana. Un pájaro se encontraba en la parte exterior y estaba piando. El zar se acercó y pudo ver como otro pájaro se acercaba a la ventana y restregaba la cabeza con el primero en una clara muestra de afecto. En ese momento el soberano fue consciente de lo que acababa de ocurrir en el salón y su rostro empalideció. 

—¡HIJO MÍO! —bramó Iván IV mientras se acercó corriendo al cuerpo ensangrentado de Iván Ivanovich. ¡Yo no quería!¡Soy un demonio!¡PERDÓNAME!. 

En ese momento Boris Godunov acertó a levantarse para salir al pasillo y pedir ayuda a los guardias que allí se encontraban. Al volver al interior de la habitación, Boris pudo ver como el zar lloraba desconsoladamente mientras sostenía el cuerpo de su hijo en brazos y rezaba plegarias. 

—¡PERDÓNAME! —gritaba el zar. —¡Imploro tu perdon!¡Me cambió por ti!

El médico de la corte irrumpió en la sala y se acercó al zar y a su hijo. Al tomar el pulso del zarévich se percató de lo difícil que tendría para evitar el fatal desenlace. A pesar de ello, el médico ordenó que se llevaran a Iván Ivanovich a sus aposentos para proceder a curarle. Antes de que se lo llevaran, el zar, ya más calmado y con rostro serio, dijo: 

—Desde los tiempos de Adán hasta este día, he sobrepasado a todos los pecadores. Bestial y corrompido he ensuciado mi alma.

Hasta cuatro días pasaron desde el incidente hasta que el corazón del zarévich dejó de latir. Cuatro días en los que el zar no se separó del cuerpo de su hijo. Tras el fallecimiento de Iván Ivanovich, el zar se mantuvo sentado junto al ataúd de su abierto durante los tres días que duraron las exequias. Durante el funeral quiso escoltar al consejo fúnebre hasta la iglesia de San Miguel el Arcángel. Durante la ceremonia, a la que acudió con una vestimenta sobria y sin ningún adorno, mantuvo el silencio pero al finalizar la misma soltó un alarido que resonó en toda la catedral.  Eso fue solamente el comienzo. Durante el resto de su vida la pena que sentía le dificultaba el conciliar el sueño, por lo que no era extraño verle vagar por el palacio llorando y clamando hasta que el cansancio le derrotoba y se dormía en cualquier parte. El asesinato de su hijo le había marcado profundamente para el resto de su vida.


Autor/a: Aiert Derteano


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