La noche estaba tranquila y despejada. Después de un día de calor sofocante, el atardecer había sido magnánimo y había permitido al viento venir a refrescar las calles de Qurtuba. Una brisa traviesa serpenteaba por las calles y acariciaba el alminar de la mezquita, que se mantenía recto y atento. Un constante guardián de la ciudad. Una mano estrechada hacia el cielo, hacia Dios. El wadi l-kabir, el Gran Río, había disminuido su volumen, pero fluía constante. El verano no estaba siendo tan terrible. Los naranjos, a pesar de que la época de floración había pasado, seguían desprendiendo un olor intenso, casi pegajoso. El rumor de la brisa rozando las paredes de la casa, las conversaciones de los vecinos, que se desvanecían poco a poco y vencían al sopor, la tímida luz del candil… 

Era en verdad una noche preciosa.

Omar al-Gharnati dejó escapar un gruñido que sonó muy extraño, teniendo en cuenta que tenía la cabeza enterrada en los brazos y sobre el escritorio. Su compañero plegó los labios para intentar contener la carcajada que quería salir. 

⸺A ver, cuéntame. ¿Ahora qué te pasa? ⸺preguntó en tono jovial. Omar soltó otro ruido extraño y Ya’qub rompió a reír. Echó un vistazo a sus papeles y concluyó⸺: El maestro dice que eres una mente privilegiada, y yo le creo, te lo prometo. Pero de verdad que me cuesta entender cómo darte cabezazos contra la mesa te va a ayudar a resolver esas ecuaciones. 

⸺Las ecuaciones no son el problema ⸺dijo finalmente Omar, y se masajeó las sienes⸺. Estoy distraído.

⸺Ya. Igual te ayuda dejar de pensar en Saffiya, aunque sea durante cinco minutos.

Omar se puso rígido y colorado como un tomate. Ya’qub volvió a reírse y su compañero se puso de pie, caminando hacia la ventana. 

⸺¡Es que lo sabía! ¡No tenía que habértelo contado! ⸺protestó. 

⸺Qué dices, si es la mejor anécdota que he oído este mes. Oye, entre tú y yo, ¿cómo es que eliges tan mal de quién enamorarte? ¿Es una habilidad? ¿O es una maldición que te ha mandado Dios al hacerte tan inteligente, para compensar? Porque vaya, parece que le echas ganas.

⸺Déjame en paz, Ya’qub ⸺gruñó Omar, y se sentó en el alféizar. 

Últimos ejemplares

Estaba realmente molesto, pero no con su amigo. Qué va. Estaba molesto consigo mismo. Toda su vida había tenido que escuchar sin parar halagos hacia lo inteligente que era, cómo su intelecto había sido tocado por Dios y cómo su deber ahora, en su tiempo mortal, era hacer grandes cosas con esa capacidad. Y, sin embargo, toda aquella supuesta brillantez se desvanecía en lo tocante a relaciones personales. Omar sentía que era más bien un castigo por algo que no había hecho todavía, pero no se había atrevido a decirlo en voz alta. Aquello quedaba entre Dios y él. Y esa noche solo Dios sabía lo ridículo que se sentía. 

Se entretuvo mirando las estrellas, aquellas que conocía tan bien. Podía recitarlas de memoria, con los ojos cerrados señalar el punto exacto del cielo en que se encontraban. Allí estaba el triángulo de verano, al-Tayr, al-Ridf y al-Waqi’. Se sintió instantáneamente relajado. Si había algo que le salvaba la vida, eran las estrellas. Sus silenciosas compañeras, las mayores incógnitas de la creación de Dios. Inspiró el aire fresco de la noche y se puso a repasar las estrellas en la constelación de al-Dubb al-akbar, la Gran Madre Osa, en orden. Lo había hecho siempre desde que las memorizó. Era una suerte de oración para él, y siempre tenía un efecto sedante. 

Desde la cola hasta el morro. Al-Qai’d, Mizar, al-Hawar, al… 

Un momento. 

Omar arrugó el entrecejo. Le había parecido ver… Empezó de nuevo. Al-Qai’d, Mizar, al-Hawar, al

Se apoyó en el alféizar con ambas manos y estrechó los ojos, convencido de que no podía estar equivocándose. Conocía aquella constelación como las líneas de su mano, como los apellidos de su madre. 

⸺No puede ser… ⸺susurró. 

⸺¿Me has dicho algo? ⸺preguntó Ya’qub⸺. No estarás enfadado conmigo en serio, ¿verdad? Era una broma…

⸺No, no ⸺Omar agitó la mano rápidamente, primero para quitarle importancia al asunto y luego para llamar a su compañero⸺. Ven un momento. Fíjate en al-Dubb. Cuenta desde la cola ⸺se humedeció los labios antes de decir⸺: Esa estrella no estaba allí ayer. 

Ya’qub contó, volvió a contar, y contó una tercera vez. Allí estaba, una estrella nueva. O lo que creía que era una estrella. Parpadeaba, se adivinaba muy lejana, pero desde luego miró alternativamente sus notas y a su amigo. Se quedó callado un momento y después soltó el aire retenido.

⸺¿Qué hacemos? ¿Despertamos al maestro?

⸺No, déjalo dormir. Podría ser cualquier cosa. Vamos a observarla durante unos días. Si para el viernes que viene sigue ahí, se lo diremos.

⸺Está bien. Tú… ¿qué crees que es?

Omar se tomó su tiempo antes de responder, con aplastante sinceridad:

⸺No tengo ni idea. 

********

⸺¿Una espada de fuego? ¿En serio, Ya’qub? ⸺Omar arqueó la ceja y se echó hacia atrás hasta que se apoyó en la pared. 

⸺No, no te estás enterando ⸺Ya’qub le rellenó el vaso de horchata y puso los ojos en blanco⸺. La espada no es de fuego, la espada solo ardía si él lo deseaba. ¿No entiendes la diferencia? El poder está sometido a su voluntad. Nadie más podría conseguir que el acero estalle en llamas.

⸺¿Y eso quién lo decide? ¿La espada? 

Su amigo hizo una mueca. 

⸺¿Eres tonto? Con todo lo listo que eres, ¿cómo te está costando tanto esto?

⸺Porque no me lo creo, y punto ⸺Omar dio un trago y echó un vistazo por la ventana, al cielo estrellado. Apenas unos días después de que avistaran la estrella nueva, esta había desaparecido. No se habían molestado en contárselo a su maestro; estaba demasiado ocupado escribiendo su nuevo libro, y cuanto menos tiempo se le robase, mucho mejor.

De modo que allí estaban, de vuelta a la rutina de ecuaciones, observaciones y anotaciones de todas las noches. Como estaban tan aburridos aquella noche, Yaqub le había empezado a contar historias con las que él había crecido. Normalmente a Omar le entusiasmaban sus cuentos, pero aquella noche su amigo había intentado convencerle de algo que, simplemente, no podía ser posible. 

Como si pudiese leerle la mente, Ya’qub resopló como un asno.

⸺No me lo estoy inventando. La espada de ‘Ali era así. Fue un regalo del Profeta, la paz sea con él.

⸺Lo que tú digas ⸺respondió Omar, vaciando su vaso⸺. Pero no está bien usar el nombre del Profeta en vano, que lo sepas. 

Su amigo le respondió levantando la ceja.

⸺¿Y a ti eso desde cuándo te importa? ⸺le dijo, pero estaba sonriendo⸺. No reconocerías la fe verdadera ni aunque se te apareciese el mismísimo Jibril delante. 

⸺No, perdona ⸺replicó él, contagiándose de su risa⸺. Los que sois un insulto sois vosotros. Secta, que sois una secta.

⸺Asesino.

⸺Imbécil.

Sus suaves carcajadas llenaron la habitación por un momento y Omar echó la cabeza hacia atrás, dejándola apoyada en la pared. De todas las personas de Qurtubah, él era el único que podía hablarle a Ya’qub de esa manera. De hecho, si escuchase a alguien más dirigirse así hacia su amigo, tendría que hacer un gran esfuerzo por contenerse y no darle una paliza. Nadie excepto él tenía derecho a ese tipo de insultos fingidos. 

⸺Bueno ⸺su amigo terminó su horchata y se puso de pie⸺. Creo que voy a intentar volver a esas ecuaciones. No quiero irme a casa sin terminar, al menos, con Piscis. 

Omar le vio sentarse ante sus papeles y repasar sus notas. 

Ya’qub y su familia eran shia. Una de las poquísimas familias que se atrevía a decirlo en voz alta, de hecho. Sobre el papel, no había ningún decreto que estableciese un trato diferente hacia los shia en Qurtubah, que era sunna. Pero la realidad era amargamente diferente. A Omar le daba exactamente lo mismo. Sunna, shia. Yaq’ub era su amigo. Eso debería ser suficiente. 

Se puso a pensar en sus historias. La figura de ‘Ali, el primo y yerno del Profeta, era de gran importancia para aquellos de fe shia. Ya’qub presumía a menudo de saber mejor que nadie todo acerca de la familia de ‘Ali. Aquella vez, no obstante, había ido un poco lejos. Le había contado la historia disparatada de una espada que solo ‘Ali podía blandir, una espada cuya hoja estaba partida en la punta, como la lengua de una serpiente. Una hoja que estallaría en llamas a una orden de su portador. 

Cualquiera disfrutaba de una historia fantástica, pero inmiscuir a la familia del Profeta en la ficción ya era pasarse. Omar hubiera preferido que le hubiese contado otra vez la historia de cómo Afridun derrotó al demonio-serpiente, o aquella sobre un pajarraco que vivía en una isla y se llevaba los barcos. Pero lo de la espada…

Asumiendo que no podía quedarse allí sentado toda la noche, se puso de pie y paseó los dedos por sus garabatos de las últimas tres horas. 

⸺¿Tienes algo que hacer mañana por la tarde? 

⸺No, que yo recuerde. ¿Por qué?

⸺El primo de mi madre ha venido de Gharnata…

⸺Ah, no. ¿El de los brocados? No. Me niego, ni hablar.

⸺…y tengo que hacer un par de recados para él ⸺Omar compuso su mejor cara de súplica y su mejor sonrisa⸺. Por favor, Ya’qub.

⸺He dicho que no ⸺él intensificó su mirada de pena. Su amigo soltó un quejido⸺. Es pesadísimo, Omar.

⸺Ya, ya lo sé. Pero si voy contigo, quizá le dé algo de vergüenza la cara que normalmente tiene. Es más, podremos poner de excusa al maestro para librarnos antes. Por favor, por favor. Nunca te pido nada.

⸺Te pasas la vida pidiéndome cosas ⸺Ya’qub se pasó la mano por la frente y puso los ojos en blanco⸺. Está bien. Pero como nos tenga ocupados más de dos horas, te juro que me marco un Ibn Firnás y me tiro del alminar. O mejor, te tiro a ti. ¡Y sin alas postizas!

********

Omar podía sentir los ojos de Ya’qub perforándole la nuca, más intensamente con cada paso que daban. Llegó a plantearse que, aquella vez, su amigo cumpliría con su amenaza y lo lanzaría desde lo más alto del alminar de la mezquita. No podía culparlo. Su tío les había hecho dar vueltas sin sentido por toda la ciudad, reuniéndose con amigos e intercambiando mercancías que, por supuesto, cargaban Omar y Ya’qub en todo momento. Cuando llegaron finalmente a la puerta de su casa familiar, el tío soltó una carcajada excesivamente ruidosa y les dio sendas palmadas en la espalda, como quien premia a un animal de tiro. Hizo algunos comentarios al respecto de su constitución física, que Omar prefirió ignorar, y finalmente les dejó marcharse.

El sol se estaba poniendo y, como las últimas semanas, no había una sola nube en el cielo. Las calles de Qurtuba se teñían de ocre y de naranja por segundos. El aire empezaba a traer frescor nocturno. Ya’qub caminaba delante de Omar, pisando con fuerza y con paso ligero. Omar, sin tener una mejor idea de cómo romper el silencio, dijo:

⸺Lo siento mucho.

Ya’qub giró sobre sus talones, lo apuntó con el dedo y abrió la boca.

Pero no llegó a decir nada. 

El cielo ardió de pronto, como si hubiese estallado en llamas. El atardecer se convirtió en un fogonazo al que siguió el mayor estruendo que nadie hubiese escuchado nunca. La tierra tembló, la gente cayó al suelo, y de repente Omar sintió un dolor punzante en los oídos. Se mareó, la sacudida hizo que sus piernas fallasen y se precipitó hacia delante. Un hilillo fino de sangre le resbaló por el lóbulo derecho. Al llevarse las manos a las orejas de forma instintiva, se dio de cara contra el suelo. Cuando volvió a abrir los ojos, mareado, vio que del cielo estaba cayendo ceniza. Como nieve gris y molesta, se le metió en la boca abierta y le hizo toser. 

A su lado, Ya’qub se incorporaba con cara de pánico. 

⸺¿Qué…? ⸺empezó, pero no pudo continuar.

Le tendió la mano a Omar y él se dio cuenta de que ambos estaban temblando. La calle se había convertido en un jaleo de gritos, gente corriendo, ceniza y polvo. Omar agarró la mano de su amigo como si fuese la última certeza de su vida. Cuando se pusieron en pie, una figura apareció a su lado, con gesto grave y hombros tensos.

⸺Omar, Ya’qub. Gracias a Dios. ¿Estáis bien?

⸺Maestro… ⸺susurró Omar, pero no era capaz de escuchar su propia voz. Los oídos le estaban matando. 

⸺Tenemos que darnos prisa ⸺les instó, y los agarró del brazo para que empezasen a caminar⸺. El qadi no tardará en movilizar a sus hombres, y debemos contemplar ese prodigio científico antes que nadie. 

⸺¿Qué prodigio, maestro?

⸺¡El meteorito! ⸺exclamó él, y Omar pensó que aquella peste en el aire le estaba haciendo alucinar. Le había parecido ver los ojos de su maestro brillar con una emoción que no parecía de este mundo⸺. Estad atentos y cuidaos los ojos. Las esquirlas de hielo pueden heriros la retina. 

⸺¿Hielo…? ⸺Ya’qub tosió⸺. ¡Esa cosa ha ardido!

⸺La cola congelada se ha debido de desprender justo antes del impacto ⸺continuaba su maestro, como si no les estuviese escuchando, y prácticamente corriendo⸺. ¡Qué maravilla, muchachos! Nunca pensé que viviría para ver algo así. ¡En verdad Dios es poderoso!

Omar y Ya’qub intercambiaron una mirada de preocupación, pero apretaron el paso. Al fin y al cabo, no había nacido la persona valiente que se atreviese a llevarle la contraria a Ibn Rushd.  

⸺¡Esto es una vergüenza! ⸺Ibn Rushd levantó los brazos al cielo, como pidiendo ayuda. Detrás de él, Omar y Ya’qub tragaron saliva⸺. Deberían haber puesto el cometa en manos del observatorio, ¡no haberlo regalado por un capricho!

⸺No ha sido un capricho, hakim ⸺respondió tranquilamente el qadi de Qurtuba, con una paciencia que tenía asombrado a Omar. El hombre suspiró⸺. Muhammad, tu familia y la mía han tenido amistad desde que éramos críos. No quiero ponerte una amonestación.

⸺¡Una espada, sidi! ¡La proeza astronómica de este siglo y se la han llevado para forjar una espada! ⸺gritó Ibn Rushd⸺. ¿Te das cuenta de lo que significa?

⸺Me doy cuenta de que es tarde, de que tus estudiantes están temiendo pasar la noche en una celda, y de que no tiene ningún sentido que discutas esto conmigo. Ya está hecho, hakim. Lo siento.

Ibn Rushd suspiró, echó un vistazo a Omar y a Ya’qub y, finalmente, asintió con la cabeza. Le dio las gracias al qadi respetuosamente, tomó del brazo a sus estudiantes y se retiró, con una dignidad que solo el príncipe de los filósofos podría reunir después de haberle berreado en la cara a una de las máximas autoridades de Qurtuba. Por si acaso, Omar y Ya’qub lo acompañaron a su casa. 

Ya en la puerta, su maestro les sonrió. 

⸺Siento el escándalo, muchachos. Pero solo imaginadlo. La cantidad de cosas que podríamos haber aprendido si solo nos hubiesen dejado observarlo durante unos instantes ⸺los ojos de Ibn Rushd se empañaron y se perdieron en la calle; ya no estaba hablando con ellos⸺. El maestro ‘Aristu habría estado de acuerdo conmigo. Pero, con todo… creo que se me ha ocurrido una idea para un nuevo tratado. Estad preparados, que quizá pronto volvamos a Marrakech. 

Omar y Ya’qub se bajaron por la calle en silencio, sin saber bien qué decir. Habían pasado diez días desde la caída del cometa, y los diez los habían pasado siguiendo a su maestro por la ciudad, intentando en vano que les dejasen, al menos, verlo. Tomar unas medidas, reproducir su trayectoria… lo que fuese. Omar había hecho varias aproximaciones del cálculo, pero no era suficiente. Lo que su maestro quería era el cometa. 

⸺¿Quién crees que se ha quedado la espada? ⸺murmuró Ya’qub. 

Omar se encogió de hombros. No quería ser desagradable, pero estaba cansado, física y mentalmente. Sabía que Ya’qub también lo estaba. Esa noche, ya en su cama, deseó dormirse lo más rápido posible y no despertarse en un mes. Necesitaba olvidar todo aquel asunto del cometa, de Ibn Rushd, del bendito estruendo con el que seguía teniendo pesadillas. 

Cada vez que cerraba los ojos, veía el fogonazo y escuchaba el estruendo. Una y otra vez. Ahí estaba. Tan claro como si lo estuviese viviendo de nuevo. Se incorporó en la penumbra y no se dio cuenta de que todo en la habitación estaba borroso. Sí estaba escuchando un ruido. Un golpeteo metálico constante, repetido. 

Clanc, clanc, clanc.

Había una figura arrodillada delante de él, dándole la espalda. Subía y bajaba el brazo con energía. Tenía algo en la mano con lo que daba golpes rítmicos. Cada vez, un destello le iluminaba parcialmente las manos. Omar arrugó el entrecejo y extendió la mano hacia la silueta. El fogonazo y el estruendo del cometa lo cegaron de nuevo y se tapó los ojos en un intento de protegerlos. Cuando se atrevió a abrirlos, la figura estaba de pie frente a él, sosteniendo una espada. La hoja estaba perfilada de esquirlas de hielo y emitía un suave destello azul.

Omar tuvo un escalofrío. No conseguía ver bien la cara de aquella persona, pero lo que diferenció perfectamente fue la punta del arma, partida por la mitad, como la lengua de una serpiente. Separó los labios y se le congeló el aliento al decir:

⸺… ¿’Ali…?

La figura blandió el arma y el filo estalló en llamas verdes. El fogonazo volvió, seguido del estruendo, y Omar se despertó con las pestañas cubiertas de escarcha y el corazón a punto de escaparse por su boca. Fuera titilaban las estrellas y ladraba un perro. 

Cuando al día siguiente vio a Ya’qub, le puso la mano en el hombro y le dijo:

⸺Esa espada de fuego de ‘Ali… ¿me contarías más? 


Autor/a: La Gamba Azul


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