A pesar de que el rio discurría caudaloso en esta tarde de principios de junio, este no era capaz de silenciar el sonido de los tambores británicos en su aproximación a la cañada en donde nos habíamos apostado. Tras semanas de reclutamientos, reuniones y de jugar al gato y al ratón había llegado el día.  

Quien me iba decir, tan solo un par de años antes, que iba a estar en una tierra desconocida, con gente desconocida, combatiendo a desconocidos en una guerra que ni nos iba ni nos venía en vez de estar en el campo con las ovejas. Pero cuando las cosas se tuercen y el hambre aprieta uno se agarra a un clavo ardiendo y en mi caso ese clavo fue el ejército, más concretamente el Regimiento Galicia.

 Soy el soldado Eloy Dorante de Villanueva del Campo de la comarca de Tierra de Campos y en estos instantes me hallo muy lejos de casa, en las tierras de Escocia.

— ¡Después de varios días parece que nuestros amigos ingleses se deciden  a honrarnos con su presencia y por lo que se aprecia vienen bien pertrechados! Puedo ver desde aquí morteros, granaderos, caballería, hasta gentes de otros clanes. ¡Esta gente no tiene honor ni aprecio por su patria ni su legítimo rey!

Quien se expresaba de esta forma entre colérica y ansiosa era uno de los sargentos del regimiento y por lo tanto mi sargento, Javier Eizaga. 

Según nos relato durante nuestro período de instrucción en tierras castellanas, había venido a este mundo en un pequeño pueblo de la costa vizcaína y allí se crio hasta que tuvo edad de aportar en casa. Harto de trabajar en el puerto se alisto en el ejército y en él se comió toda la guerra por el trono de España, por suerte en el bando de nuestro señor Felipe V.

Aunque rozaba la cuarentena de edad físicamente era un portento, se parecía más a un joven recluta que a uno de los veteranos si no fuese porque las marcas de la edad y de la guerra le delataban.

— ¡Sargento!— grito el teniente coronel Bolaños

— ¡Si mi coronel!— respondió Eizaga.

— Avise a los escoceses de los preparativos de los ingleses y que estén atentos.

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— ¡A sus ordenes mi coronel!

El sargento se dirigió  hacia el grupo donde me encontraba con unos compañeros

— ¡Dorante! ¡Conmigo!— me ordeno el sargento—Vamos a hacer una visita a los puestos de los escoceses.

—Si mi sargento.

Nos dirigimos al puesto que se encontraba a nuestra izquierda, a unos doscientos pasos de nuestra posición. Los escoceses se habían dividido en dos grupos colocándose cada uno en las alas de la posición central que formábamos nosotros junto a los hombres del marqués.

— ¿Te vas acostumbrando al clima?

—Mire que llevamos semanas en estas tierras y no lo consigo. El frio lo puedo aguantar, estoy acostumbrado al frio zamorano, pero esta lluvia y esta humedad es insufrible mi sargento. 

— En nada entra el verano y mejorara el tiempo—me tranquilizo el sargento.

—Eso espero mi sargento. Si me permite la pregunta ¿por qué vamos donde los escoceses?— pregunte extrañado.

—El teniente coronel Bolaños me ha ordenado que transmita a los jacobitas que el ataque de los ingleses no tardara y que deben de resistir todo lo posible.

—¿Y podrán? ¿Podremos?

— Creo que tenemos posibilidades. Aunque somos parejos en número y nos hemos posicionado bien, en mitad de la ladera y flanqueados por la cañada nos superan en armamento y en preparación. Todo dependerá de cuanto podamos resistir y durante cuánto tiempo.

Me quede dándole vueltas en mi cabeza a lo que me había contado el sargento. Los escoceses son muy buenos peleando y lo dan todo en la lucha pero no son tropas regulares y carecen de disciplina y eso en la batalla vale mucho. Nosotros nos bregamos bien en la batalla pero somos apenas trescientos hombres y carecemos de artillería al contrario que los chaquetas rojas

Entre divagaciones y cábalas cuando me quise dar cuenta ya estábamos en la posición ocupada por los jacobitas. El sargento me indico que le esperara mientras hablaba con un individuo de porte refinado que a su vez hablaba con otro de aspecto tosco y que vestía a la usanza de los montañeses escoceses. El primero era William Murray un marques al que el propio rey Jacobo había puesto al cargo de la misión y que gracias a que chapurreaba el castellano pudimos entendernos y amablemente se ofreció de intérprete, el otro era Robert Roy MacGregor, del clan MacGregor, que había dado muchos quebraderos de cabeza a los ingleses. Después de que el sargento les informase de los planes regresamos a nuestra posición acompañados de Murray.

Al llegar Eizaga y el sargento mayor Santarém informamos al coronel Bolaños:

—Del montañés y sus hombres no tengo dudas de que darán el callo pero no tengo todas conmigo con el marqués— informo Eizaga— no sé si trepara hasta la cima de la colina en cuanto vea acercarse a los ingleses.

— ¿Y la otra posición?— Pregunto Bolaños a Santarém.

— He informado al joven duque y está todo dispuesto señor.

—Bien. Aquí  se decidirá si llegamos a Inverness o se acaba esta misión. Ocupen sus posiciones.

El coronel hizo llamar a un teniente, uno joven de esos que llevaban poco tiempo en el regimiento.

— Coja diez hombres y posiciónese en la cima de la colina, tenemos que tener cubierta una posible retirada. 

—¡A sus ordenes!

Raudo, el teniente junto a los diez “elegidos´´ ascendió la colina y empezó a construir una especie de parapeto.

Solo nos quedaba esperar acontecimientos mientras veíamos a los ingleses ir de un lado para otro preparando los mosquetes, granadas, morteros…


Los ingleses comenzaron a avanzar con la bayoneta calada por nuestro lado derecho, hacia la posición del joven conde  George Murray, un regimiento de fusileros junto a uno de los clanes no sin barrer antes la barricada con fuego de morteros. Al llegar al inicio de la colina la primera línea clavo rodilla en tierra y descargo una andanada con sus fusiles, los escoceses respondieron al fuego, no como mucha efectividad, para luego después cargar los ingleses contra la posición jacobita. 

El coronel Bolaños observaba los acontecimientos desde la posición española:

— ¡Teniente Martin!— exclamó el teniente coronel.

— ¡Si mi coronel!— respondió el teniente tan rápidamente como hacia acto de presencia.

— Coja un pelotón y diríjase a la posición escocesa, hay que rechazar a los ingleses.

—¡A sus ordenes!

El teniente llamo a Eizaga al que ordeno  pertrecharlo mientras el estudiaba la mejor forma de hacer acto de presencia en la barricada escocesa.

Mientras, los escoceses continuaban batiéndose el cobre con los ingleses consiguiendo rechazarlos a costa de mucha sangre. 

Los gritos de alegría no se hicieron esperar en la barricada highlander contagiando al resto de posiciones.

— ¡Eizaga! ¿Cómo va ese pelotón?— pregunto el teniente Martin interrumpiendo la euforia.

—Preparado mi teniente.

—Que formen, en breve saldremos a reforzar a los escoceses.

— ¡A sus ordenes mi teniente!

Me encontraba entre los elegidos en la misión de apoyo a la barricada montañesa y mientras aguardábamos la orden de avanzar hacia ellos me percate de un detalle. Los británicos se estaban reorganizando en la base de la colina.

— ¡Mi sargento!— avisé.

— Dime Dorante.

— ¡Mire!— le señale con mi dedo apuntando al inicio de la colina.

— ¡La virgen!— exclamo Eizaga al ver que los ingleses comenzaban a ascender de nuevo hacia los escoceses.

En ese mismo instante los morteros hicieron acto de presencia lanzando sus proyectiles hacia nuestra posición.

— ¡A cubierto!

Rápidamente la formación se deshizo y nos parapetamos detrás de nuestra barricada mientras comenzaban a caer los proyectiles.

Desde nuestra posición, a resguardo de los morteros ingleses pero sin poder salir de ella fuimos testigos del segundo asalto británico.

Comenzó con el lanzamiento de artefactos explosivos por parte de los granaderos seguido de una descarga de fusilería. Después los ingleses se lanzaron al asalto a punta de bayoneta. Los escoceses dispararon sus pistolas y se prepararon para defenderse.

Pese al gran esfuerzo desplegado no consiguieron aguantar el ímpetu y la superioridad inglesa de este segundo ataque y los jacobitas se dispersaron dejando un hueco importante en nuestra defensa y un buen número de bajas.

El marqués se reunió con el  teniente coronel Bolaños para discutir la estrategia a tomar, justo en ese momento se volvió a intensificar el fuego de mortero sobre nuestra posición. Señal inequívoca de un nuevo ataque inglés, la duda era si sobre la otra posición escocesa o sobre la nuestra. 

Pronto salimos de dudas al observar a nuestra izquierda como asomaban los gorros de los granaderos encabezando el ataque delante de un número superior de tropas contra la posición que ocupaba el Earl Marischal.

El montañés MacGergor acudió junto a sus hombres a reforzar la barricada atacada.

Repitieron la misma maniobra, en primer lugar las granadas que en esta ocasión hicieron bastante estropicio sobre los jacobitas, después la descarga de fusilería para seguidamente lanzarse a bayoneta calada sobre los escoceses.

Bolaños no quitaba ojo de lo que acontecía a su izquierda eso sí, sin dejar de maldecir a los ingleses ante el incesante fuego de los morteros.

— ¡Se retiran!— se quejó Eizaga mientras señalaba hacia la izquierda— ¡el montañés y sus hombres ser retiran!

MacGregor, tras ser herido en el brazo, y sus hombres se retiraban de la batalla.

Los escoceses restantes respondieron al ataque inglés con el fuego de sus pistolas pero en esta ocasión no se quedaron a hacer frente a los británicos. Como alma que lleva el diablo emprendieron la huida colina arriba intentando alcanzar la posición de retaguardia. 

— ¡Cubrirles la retirada!— ordeno el teniente coronel.

Desde nuestra posición, a duras penas bajo el incesante bombardeo de los morteros, abrimos fuego sobre los ingleses que perseguían a los apocados escoceses. 

Algunos de los jacobitas cayeron pero si no llegamos a intervenir habrían sido varios más y eso que no estábamos en la mejor de las posiciones para hacerlo. Aun así conseguimos que los británicos se retirasen a sus posiciones en la parte baja de la colina.

Sabíamos que los siguientes éramos nosotros, no había otra, la pregunta era como les haríamos frente.

Los británicos formaron delante de su posición, habían sido reforzados con tropas de la reserva y nos superaban en número ampliamente.

Comenzaron el ascenso de nuevo, en lo que ya se había convertido en un ritual, granaderos en vanguardia seguidos de los fusileros con la bayoneta calada.

— ¡Señores quiero que esos granaderos no consigan su objetivo!—arengo el coronel Bolaños- ¡en cuanto estén a distancia abran fuego!

Los ingleses continuaban ascendiendo la colina. Parapetados detrás de la barricada apuntamos nuestros fusiles contra los granaderos a la espera de la orden de abrir fuego.

— ¡Fuego!— ordenó Eizaga.

En ese mismo instante descargamos una andanada de plomo y pólvora. 

Cayeron  cuatro de sus granaderos lo que metió el miedo en el cuerpo a sus compañeros, haciendo que se deshiciesen apresuradamente de sus artefactos, lejos de nuestra posición.

 Mientras recargábamos aparecieron los fusileros. Tres largas filas perfectamente formadas subían por la colina. Antes de que tomasen posiciones, a la desesperada, conseguimos soltar otra descarga, suficiente para frenar su avance pero no para ponerles en fuga.

Los británicos reanudaron el fuego de su artillería contra nuestra posición mientras más hombres ascendían para reforzar a sus compañeros.

— ¡Aquí estamos vendidos como no nos movamos!— bramó Eizaga.

— En peores situaciones habrá estado sargento y no se quejaría tanto— bromeo el teniente coronel— pero razón lleva, no nos podemos quedar aquí o nos cazaran como a conejos. 

— ¡Formen en dos líneas!— ordeno Bolaños —Nos replegaremos ordenadamente hacia la cima de la colina.

Rápidamente formamos en dos líneas blancas que sin prisa pero sin pausa iban ascendiendo la colina mientras mantenían a raya a los fusileros ingleses y sobre todo a sus granaderos. Fue todo un alivio conseguir salir del alcance de sus morteros de esta manera podíamos centrarnos en lo que teníamos delante.

No sin esfuerzo conseguimos alcanzar la cima donde nos aguardaban varias decenas de jacobitas. En ese instante el  teniente coronel Bolaños se dirigió al marques:

— Aun podemos dar la vuelta a la batalla.

— ¿Cómo? ¿No ha observado la escabechina? Mire. 

Bolaños observo el campo de batalla desde la cima de la colina. Pudo ver como los Dragones británicos perseguían a lo ancho de la cañada a todo jacobita que luchaba por ponerse a salvo limpiando el terreno de enemigos.

Con horror el teniente coronel se giro hacia el marqués con un gesto de suplica para intentar socorrer a los hombres.

—No hay nada que hacer, solo les queda ponerse a bien con el Señor.

Bolaños agacho la cabeza para un instante después alzarla y  santiguarse por el alma de esos pobres infelices.

— ¿Y ahora?

— Lo primero es descansar y reponer fuerzas, esta noche nos reuniremos en el bosque y decidiremos— contesto el marqués. 


Llegada la noche y tras haber comido algo el teniente coronel Bolaños junto a su sargento primero Santarém y Eizaga se dirigieron hacia donde se encontraban el resto de mandos jacobitas.

—Sin paños calientes—exclamo el marqués— la situación en la que nos encontramos es mala y con la salida del sol la cosa empeorara mas.

— ¿A qué se refiere con tal afirmación?—interrogo Bolaños

—Se lo dejare claro: a penas tenemos municiones, de provisiones ni hablemos y que cuando despunte el alba seremos presa fácil de los casacas rojas.

— ¿Qué paso sugiere tomar?

—Retirarnos a las Tierras Altas y esperar noticias de los refuerzos desde España.

Bolaños se permitió unos instantes para sopesar las opciones.

—Os agradezco el ofrecimiento.

— ¿Pero?

— Voy a tener que rechazarlo. Estoy seguro que mis hombres soportarían la marcha por las montañas del norte pero ¿Cuánto tiempo tendríamos que aguardar la llegada de los refuerzos si es que los hay?

— Comprendo. ¿Qué van a hacer entonces?

—Capitularemos ante los británicos, con toda probabilidad aceptaran nuestra rendición y seremos bien tratados al ser tropas regulares.

— En su lugar, probablemente actuaria de la misma manera pero si ahora mismo caemos en manos de los hannoverianos lo más seguro es que no llegaríamos vivos a Inverness.

Bolaños asintió mostrando su acuerdo con la afirmación de Tullibardine.

— Entonces, por lo que parece, aquí nos despedimos— dijo el marqués mientras se levantaba y ofrecía su mano a Bolaños.

— Eso parece, ha sido todo un honor luchar con usted y sus paisanos, les deseo toda la suerte en el futuro y que Dios permita a los Estuardo recuperar el trono.

—Esperemos que así sea. Buena suerte.

Tras la despedida los jacobitas comenzaron a levantar el campamento y bajo el auspicio de la oscuridad nocturna desaparecieron en la frondosidad de los bosques.

A la mañana siguiente el sargento primero Santarém acompañado del soldado Dorante descendieron la colina hasta que la bandera blanca fuese visible por los británicos. 

— ¿Qué sucederá ahora mi sargento?— pregunto Dorante

—Esperemos que acepten, de lo contrario lo tendremos muy negro para salir de esta.

Hicieron entrega de las condiciones para su rendición a las que el general Wightman no puso ningún impedimento.

Tras entregar las armas, el destacamento español partió bajo la bandera del regimiento hacia Inverness escoltados por los británicos en donde quedarían encerrados hasta que se decidiese su futuro.


Autor/a: Heimish. 


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